En la casa de mi abuela hay muchas puertas, tantas, que perdí la cuenta. Hay una puerta que da a la calle, otra que comunica la cocina con la lavandería, y para la lavandería con el jardín... ¡otra puerta!. La pieza de la Conqui tiene puerta, la de mi abuela también y otra puerta más en la pieza de esconderse; los baños tienen puertas, la cocina tiene puerta ¡y eso sin contar las puertas de vidrio que dan a las terrazas! ¿serán así todas las casa de ciudad? Yo nunca había estado en un lugar con tantas puertas, en la cabaña dónde vivíamos antes, teníamos sólo dos puertas: la del baño de la Conqui que nunca se cerraba, y la puerta de calle que se abría a las 8 de la mañana y se cerraba a las 11 de la noche (a no ser que mi mamá saliera a la compra o a alguna reunión que ahí dejaba cerrado). Las puertas son fomes porque es típico que yo quiero ir para algún lado y ¡zas! que está la puerta cerrada, es como ley natural que justo me den ganas de pasar cuando la acaban de cerrar. Por...
(Diario de una gata)